El hombre le teme a la muerte. Le teme a dejar de existir. Y mientras este temor continúe -personalmente creo que nunca acabará- seguiremos creyendo en todo tipo de historias fabulosas.
El Tarot, el mundo de los espíritus, los videntes, Buda, Alá, Jesús. Todas estas historias llenas de milagros sobrenaturales corresponden al mismo fenómeno: no tenemos ni la más mínima idea de por qué estamos vivos y tampoco sabemos qué sucederá cuando dejemos de ser. Ante este desasosiego absolutamente depresivo nosotros -la mayoría- optamos por creer en alguna historia que nos brinde algo de esperanza.
Este cuento, sea cual sea, nos saca del abismo de la incertidumbre. Nos brinda un propósito en la vida. Nos da placer. Y al darnos ese placer, esa alegría se impone como una evidencia de que nuestra historia es verdadera. ¡Estamos intercambiando alegría por verdad! Un ejemplo ridículo es el Viejo Pascuero. Le brinda mucha alegría a los niños. ¿Esa alegría es evidencia de que existe tal personaje? ¿Entonces por qué la alegría de la religión la tomamos como evidencia? ¿Por qué mi alegría de creer en Jesús es mayor evidencia que la alegría de otra persona que cree en Mahoma? ¿Por qué estas alegrías son mayor evidencia que la alegría que siente un niño al creer en el conejo de Pascua?
Pero en fin, cada persona creerá lo que quiera creer y está en su derecho. No obstante, el problema radica en que ciertas personas pondrán sus creencias por sobre la razón y el buen juicio. Por sobre, incluso, la evidencia científica. Aquello se llama fundamentalismo, y no es para nada algo inofensivo.
La Biblia puede ser interpretada de muchas maneras. Sin duda tiene pasajes que demuestran la sabiduría de tiempos remotos. Sin duda también tiene otros pasajes que demuestran la torpeza y la estupidez de aquellos tiempos. La gracia es que nuestra razón nos permite rescatar la sabiduría y descartar las torpezas. Separar la paja del trigo. Sacar lo bueno de lo malo. Gracias a esta gran capacidad de razón, podemos elegir concientemente tratar al prójimo como nos gustaría que nos traten. Pero también tenemos la capacidad de descartar los sacrificios humanos (Abraham e Isaac).
El problema con el fundamentalismo es que elige el placer anteriormente descrito por sobre la razón. Y, como consecuencia de aquello, el fundamentalista no descarta los pasajes execrables. Sino más bien los justifica hasta quedar intelectualmente en ridículo. Pero eso a él no le importa, pues su fantasía es tal que no puede percatarse de eso.
Por esta razón es que la Biblia se ha usado en los tiempos modernos para justificar la esclavitud y el racismo. Se sigue utilizando para discriminar a homosexuales y se usó en su momento en contra de la ley de divorcio. Por otro lado, se usa también en contra de la eutanasia.
¿Por qué un libro escrito por personas que claramente carecían de conocimientos científicos se utiliza como argumento en situaciones sociológicas y científicas actuales? ¿Por qué la fantasía de ciertos grupos y sus creencias deben de influir en estas situaciones actuales? Aquello se escapa de toda lógica. Es ridículo que una creencia se pueda anteponer a la evidencia. Pero más ridículo aún es que dicha creencia se proponga como norma hacia personas que ni siquiera la comparten.
La gente tiene miedo de morir. Sin embargo, a veces el problema es que la gente tiene miedo de pensar. Los libros se tienen que adecuar a los descubrimientos sociales y científicos. Los libros se adecuan a la realidad. El fundamentalismo adecua la realidad al Libro. Y aquello, como hombres y mujeres responsables en una sociedad que progresa no lo podemos permitir.
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